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viernes, 1 de febrero de 2013

ENTREVISTA A COMPTE SOBRE LA ECONOMÍA DE MERCADO


MSc. Miriam Karina Caro
MSc. Edwar Ramírez
MSc. Juan Carlos Pérez


ENTREVISTA A COMPTE SOBRE LA ECONOMÍA DE MERCADO


Para Compte, la sociedad se encuentra amenazada por dos posiciones extremas: el fanatismo y el nihilismo. Considera necesario mantener y transmitir los valores o la moral, que hemos heredado desde hace miles de años, y que se ha transmitido de generación en generación, dando como origen lo que hoy en día conocemos como civilización. Deja claro que no está en contra de la religión; sino del fanatismo.
Compte, se describe a sí mismo, como: materialista, racionalista y humanista; ya que considera que todo lo que existe es material, que lo que piensa es su cerebro y que la humanidad es lo más valioso que tenemos. En este sentido; a la hora de clarificar y evidenciar los males, que aquejan a nuestra cultura, cabría hablar de tres elementos, que, en conjunto, abarcan la totalidad de las dimensiones de la realidad: el sistema capitalista, que supone una sociedad de injusticia estructural; el materialismo histórico inicial, y el vacío espiritual de una sociedad enfrentada entre el alma del ateísmo, el fanatismo religioso y el nihilismo que niega su legítimo lugar a la espiritualidad entendida como la dimensión humana por excelencia y cuya ausencia genera, por un lado, el relativismo, el nihilismo y la angustia existencial y, por el otro, el fanatismo, el integrismo o el sectarismo como huida del malestar que produce la ausencia de espiritualidad en un mundo frío, banal o chato como puede ser el actual.

Cuando se quiere evaluar el sistema capitalista, es preciso comenzar por examinar su historia. La historia revela el tipo de sociedad a partir del cual evolucionó el capitalismo, y la forma que éste asumió a lo largo de su desarrollo. El testimonio del pasado nos permite evaluar el capitalismo sobre la base de sus logros, sus fracasos y su moral. Una apreciación práctica de la historia del capitalismo asignaría, sin duda, gran importancia a sus realizaciones económicas.

El capitalismo es económicamente insuficiente porque, según se afirma, no es capaz de hacer frente a algunos de los problemas económicos más importantes; crecimiento en el largo plazo, sucesión de ciclos de prosperidad y depresión, grandes conmociones exógenas (como los desastres naturales y la guerra), externalidades, bienes públicos y males públicos (como la educación y la contaminación). El capitalismo crea una sociedad visual y espiritualmente ofensiva, tanto en sus artefactos como en su calidad de vida y artículos feos y vulgares, condiciones de trabajo y de vida en las fábricas y villas miserias desagradables e insatisfactorias. El capitalismo es inmoral porque la economía de mercado esencial para su funcionamiento recompensa en forma irregular, creando desigualdad e injusticia. Sin embargo, al observar al capitalismo como sistema mundial constataremos que es un sistema mundial polarizado, en el sentido que ha generado una desigualdad sin precedentes en la historia de la humanidad.

La modernidad es el momento en donde se proclama que la humanidad hace su propia historia, entonces se atribuye el derecho de innovar, de inventar, se da el derecho a una imaginación creadora en todos los ámbitos. Tenían diferencias pero una cosa en común: la creencia, la proclamación de que el orden social formaba parte del orden natural, de un orden cósmico, generalmente asociado a una forma religiosa o a una creencia metafísica, y que el ser humano o la sociedad no tenía que inventar sino obedecer a las leyes dictadas por ese orden cósmico. Bien entendido, en realidad la tradición en cuestión tenía que ser constantemente re-interpretada porque la sociedad, a pesar de todo, cambiaba. La modernidad es el momento de ruptura con todo esto, ruptura que, por razones históricas, se desarrolló en una región del mundo en un momento de la historia. Cuando el capitalismo se vuelve un sistema mundial, esta nueva cultura que llamamos modernidad, se vuelve mundial.

A causa de la polarización que produce la expansión mundial del capitalismo, la expansión de esta cultura está en crisis permanente, promete a todos pero distribuye siempre en forma cada vez más desigual, creando fenómenos de rechazo, de insatisfacción. Nos encontraríamos en el culturalismo, o sea, la afirmación de culturas con elementos transhistóricos y específicos que suprimirían completamente el universalismo. El deseo de ser, la búsqueda de la felicidad está orientada a la realización de los seres humanos. El terreno de la intersubjetividad donde podemos vivir juntos y ayudarnos mutuamente a realizar nuestros proyectos de vida y a establecer los pactos mínimos de una convivencia fraterna. Las ideologías capitalistas neoliberales nos sitúan lejos de esa pretensión.  La intersubjetividad queda reducida a su mínima expresión, esto es, a mera convivencia instrumental en la que se pretende garantizar exclusivamente la libre competencia, sin que importe si hay condiciones suficientes para que la igualdad sea el punto de partida y de llegada de una sociedad que permite la realización efectiva de las potencialidades de lo humano. 

Al final del siglo XX, el equilibrio que existía entre la economía de mercados y la sociedad  se rompió a favor de los mercados y he aquí el resultado: la pérdida de confianza de los ciudadanos. La perdida del piso en la tierra se debe por el dominio de un acercamiento al desarrollo nacional centrado  en el mercado y a la voluntad de los gobiernos para seguir los dictados de la política de las organizaciones internacionales financieras.

Coase (1937) introdujo y definió el término costos de transacción como los costos de usar el mercado y que da una racionalidad a la existencia de las firmas. Los mecanismos del mercado implican costos como descubrir la relevancia de los precios, la negociación, exigir su cumplimiento, etc., y en general todos los posibles modos de organización económica implican costos relativos de organizar transacciones bajo arreglos institucionales. Las decisiones para organizar los costos de transacción dentro de la empresa se oponen a las decisiones del mercado que dependen de los costos relativos del intercambio interno y externo. Para esto, las empresas obtienen sus recursos y materias primas a muy bajo costo y en abundancia, penetran en nuevos mercados y reducen sus costos de transacción en las operaciones de comercialización.

Esas distintas iniciativas se van encontrando en el espacio al que convergen: allí se conocen, intercambian sus razones y experiencias, se aportan y complementan recíprocamente, se enriquecen unas con otras. Los que llegan por un motivo aprenden a reconocer el valor y la validez de los otros, y así se va construyendo un proceso en el cual la racionalidad especial de la economía de solidaridad se va completando, potenciando y adquiriendo creciente coherencia e integralidad. Conociendo esos motivos y caminos, esas búsquedas y experiencias, iremos comprendiendo cada vez más amplia y profundamente qué es la economía de solidaridad y encontraremos abundantes razones para participar en ella.

La religión es un tema de fuerte debate entre los que creen que los conocen todo y el público general. El problema  no es si creen o no creen en Dios. Hay que reconocer que todo este fenómeno en torno a las sagas y su influencia masiva, cuanto menos, nos produce cierta perplejidad. Lo que se constata entre las nuevas generaciones es un gran vacío de mitos, de grandes cosmovisiones, y quizás esté aquí entre otras cosas la clave del éxito de este nuevo fenómeno. Todas estas nuevas manifestaciones de la modernidad tienen para muchas personas un gran poder unificador e integrador. Y en la sociedad actual, la gente necesita de un orden, necesita seguridad, necesita construcciones que den sentido a su vida. De aquí que muchos de estos fenómenos sirvan para compensar todos los fraccionamientos, los desencantos, los fracasos históricos, que nos ha traído el siglo XX. Contribuyen, de alguna manera, a que el individuo se sienta más tranquilo, más sereno para afrontar la vida.

El filosofo Sotelo afirma que vivir a la altura de nuestro tiempo significa hacerse cargo de la finitud provisional de lo humano, así como de todo lo existente. El que vivamos abocados a la muerte no nos angustia; todo lo contrario, da a la única vida que tenemos un ansia enorme de vivirla de la mejor forma posible, es decir según el principio de convivencia, en paz y libertad. Sotelo subraya finalmente que "pese a tantas y tan grandes divergencias, coincidimos en algunos puntos que vale la pena recalcar. El primero atañe a la dignidad humana" (p. 241), su grandeza implica su autonomía y su autodeterminación. "El segundo punto de coincidencia se refiera a la fragilidad humana" (p. 242) y conlleva la necesidad del otro, abrirnos a los demás, caminar hacia la fraternidad.

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